Tipos de oración

Orar es una amorosa energía

No hay un tipo de oración superior a otra; no pienso que haya una "mejor" o "peor". La oración no es un fin en sí mismo, sino un medio para reestablecer nuestra conexión con Dios y su sagrada energía (la del Amor). Siendo Dios la Electricidad, la oración sería el cableado, el tendido eléctrico. En tal sentido, si es capaz de transmitir la energía divina, son indiferentes el credo religioso o la filiación espiritual de la oración. Lo importante es el efecto que tenga en ti; lo sustantivo es si eleva tu nivel de conciencia, provee paz a tu pensar o te llena de Amor –la sabia esencia del Uno.

Son las diez de la noche; abro mi correo electrónico y veo que he recibido un mensaje desde la ciudad de Lima, Perú; me escribe la amiga Patricia M.; me formula una pregunta relativa al tema de la oración y su carga energética: ¿tiene la misma energía rezar el rosario católico que leer, por ejemplo, La Gran Invocación? ¿Cuál de ambas tendrá mejor vibración? Intentaremos dar una respuesta.

Querida Patricia: a mi entender, no hay un tipo de oración superior a otra; no pienso que haya una "mejor" o "peor" dotada. La oración no es un fin en sí mismo, sino un medio para reestablecer nuestra conexión con Dios y su sagrada energía (la del Amor). Siendo Dios la Electricidad, la oración sería el cableado, el tendido eléctrico. En tal sentido, si es capaz de transmitir la energía divina, son indiferentes el credo religioso o la filiación espiritual de la oración. Lo importante es el efecto que tenga en ti; lo sustantivo es si eleva tu nivel de conciencia, provee paz a tu pensar o te llena de Amor –la sabia esencia del Uno.

En tal sentido, no hay que hacer de la oración un fetiche –al igual que no debemos hacerlo con la meditación, la lectura, la consulta a oráculos o cualquier otra disciplina espiritual. Lo más importante es que nuestra oración sea eficiente… ¡y canalice el sacro poder del Uno a nuestra alma, corazón y mente!

¿Qué hay en nuestras mentes encabritadas?

Si observamos el contenido de nuestra psique, comprobamos que cada pensamiento que brota de ella está impregnado de una de esta dos clases de energía: una, sosiega; otra, agita; una nos une al prójimo, otra nos enguerrilla con nuestros semejantes; una nos hace gozar del entorno que nos rodea, otra nos insta a pensar que estaríamos muy bien en cualquier parte del planeta –excepto en el lugar donde estamos; una nos hace sentir a gusto con nosotros mismos, otra nos hace odiar nuestros más íntimos pensamientos; una nos provee de confianza y valentía para abordar cualquier situación, otra sólo saca a flote flaquezas.

¿Qué pasa en la mente encabritada, ésa que aún no está saturada de la energía del amor? Bueno, Patricia, tú y yo lo sabemos muy bien: por ella discurren vanos pensamientos que van y vienen, errático oleaje donde flotan dudas, culpas, terrores, resentimientos; a veces son monólogos, muy bien argumentados, donde nos demostramos a nosotros mismos que somos lo peor de lo peor; a veces, son diálogos imaginarios con personas de nuestro presente o pasado, donde les demostramos cuánta razón tenemos nosotros y cuán equivocados están ellos…

A veces nos perdemos en grandilocuentes ensoñaciones: nos vemos obteniendo el Oscar o el Nobel; cantando frente a enloquecidas multitudes, idolatrados cual estrellas de pop o rock; ganando el premio máximo de la lotería; haciendo el amor con nuestra actriz o actor favorito; siendo electos Presidentes de la República; imaginando algún brutal acto de venganza que –aquí y ahora- no nos atreveremos a llevar a cabo; a veces, no podemos quitarnos de la cabeza un pegajoso mensaje publicitario o la última canción de moda (aunque sea un bodrio); a veces, tenemos tanta ansiedad, tanto barullo en la mente, que ni siquiera los calmantes nos hacen conciliar el sueño

Y sin embargo, pese a todo, Patricia… ¡tú, yo y quienes leen este artículo estamos a sólo un tris de regresar al hogar del Padre…!

En cada pensamiento, Patricia, nos jugamos nuestra estadía en el Reino de los Cielos. En cada pensamiento, elegimos estar en la energía del amor o en la del miedo; en tal encrucijada, es donde el sincero buscador de la Verdad empieza a probar aquellas disciplinas espirituales que mejor se adapten a su particular carácter, a fin de transfigurarlo a imagen y semejanza del Amor divino.

Es allí donde –en mi opinión- la oración funge como potente medio sanador, como idóneo transmisor de la amorosa energía del Uno.

En lo particular, soy partidario de la oración libre de fórmulas, desprovista de rígidos convencionalismos. Llevo una hora escribiendo este artículo: para mí, han sido sesenta minutos de oración, sesenta minutos exentos de pensamientos neuróticos, de absoluto centrarme en el tiempo presente. Mientras redacto, escucho una de mis canciones favoritas: "Noches de Blanco Satén", del grupo inglés The Moody Blues. Dicen los últimos versos de ese emblemático tema:

Llega la noche
Removiendo todo color de la vista
Se torna el rojo en gris
El azul en negro

Y a nosotros toca decidir
Qué es lo real
Y qué es ilusión


Esa canción constituye –a mi entender- una hermosísima plegaria: su melodía evoca en mí los más entrañables sentimientos; su letra –o mejor, su poesía- me impele a contemplar lo Trascendente; al escucharla, mis pensamientos se ordenan y adquieren una lógica armoniosa… ¡una paz que me inspira a escribir de la mejor manera posible para ti, Patricia!

Pienso, entonces…

Que la mejor oración del panadero es su pan…
La mejor plegaria del recolector de basura es la limpieza de la urbe…
La plegaria más inspirada del juez es su justicia…
La oración ideal del amigo que vende café es la sonrisa que obsequia cuando sirve su infusión…

Ora la madre en la ternura de cada pañal cambiado, ora en cada instante de lactancia…
Ora el padre en la mañana del sábado cuando juega al fútbol con sus hijos…
Ora el cirujano en cada exacta incisión del bisturí…

Compone el chef sápidas plegarias con las delicias de su sazón…
Mora el cartujo en el impecable silencio del convento… a diario, su disciplina espiritual incluye asear retretes, quitar el polvo de las bibliotecas, lavar platos –y transformar cada una de esas tareas en hacendosa plegaria…

Y qué mejor oración para mí –periodista- que escribir esto para ti, amado lector o lectora…

Al respecto, ha dicho Adair Lara: "Algunos estamos empezando a descubrir la poderosa religión de la vida cotidiana, una espiritualidad hecha de flores recién cortadas, platos apilados, ropa recién tendida…".

La oración que libera, que fluye amenamente con el Ser Superior, puede y debe estar hecha a la medida del orante; su inequívoca inspiración divina la despoja de acartonados rituales, de apáticos automatismos psíquicos; de tal suerte, sosiega la mente, bendice a quien la practica y le llena del afable poder del Infinito.

Dice una plegaria de Larry Dossey:

Dejemos que la oración sea
Dejemos que siga
los infinitos caminos del corazón humano

Aprendamos el arte más difícil:
el de no interferir.

Dejémonos guiar por la oración
en lugar de guiarla

Dejemos que la oración sea lo que necesite ser
Que sea lo que es
Dejemos que la oración –simplemente- sea.


Es medianoche, Patricia: ya es tiempo de terminar. Gracias a tu pregunta y a la magia de la escritura, llevo dos horas orando: ¡bendita seas!

Mañana por la mañana, te enviaré este correo electrónico.

Antes de irme a dormir, escucho una última canción de The Moody Blues. Me despido con sus versos:

Azulejo que tan alto vuelas
Dime, ¿qué cantas?

Y si conmigo pudieras hablar,
¿Qué buenas nuevas traerías?

Escucho voces en el Cielo…


Feliz instante presente… ¡y que Dios te bendiga…!

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Carmelo Urso


Periodista, escritor y creador del blog En Tiempo Presente.


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